El NO en Colombia nació y creció silenciosamente, se anidó en el corazón de la mayoría de los colombianos sin alboroto ni ruidos, de manera imperceptible.  Era un silencio íntimo y reflexivo, era un luto sin pancartas ni letreros, era dolor por muertes y secuestros impunes.  Las encuestadoras -estudiosas de la opinión pública y con conocimiento y pericia para determinar qué piensan y quieren los pueblos- no llegaron a percibirlo, por el contrario, presagiaban que el SI le daría paliza al NO, al cual nadie le apostaba un centavo.    La campaña oficial y triunfalista del gobierno a favor del SI, con la bendición de los hermanos Castro y los aplausos de Maduro, pronosticaban un triunfo a favor de la paz al estilo comunista, negadora de la equidad.

Los pueblos son así, mañosos, tienen sus caprichos y dan sorpresas.  Debo confesar mi alegría por el resultado inesperado.  Ganó la paz, todos los votos fueron por ella, pero ganó la paz con justicia, no la paz a punta de lenidad, de amnistía a criminales de guerra, amnistía aplaudida por Maduro cuando en Venezuela la niega a presos políticos cuyo único delito es amar la democracia y la libertad, y luchar por ella.  Los colombianos rechazaron la paz sin justicia, basada solo en perdón, ventajas y garantías a quienes no lo merecen.

El triunfo del NO es un grito de amor a Colombia, es un clamor de justicia, un himno a la paz.  Paz y justicia no son excluyentes ni contradictorias, son complementarias.

El colombiano quiere paz, pero no quiere que los centenares de miles de muertes, lesiones, secuestros y otros delitos queden impunes.  No están de acuerdo con Santos en eso de que los guerrilleros, los que asesinaron, robaron, violaron o secuestraron, no paguen ni un día cárcel.  No comparten eso de que la guerrilla no declare su patrimonio y entregue lo mal habido.  Rechazan que solo el Estado indemnice las víctimas del crimen organizado por la guerrilla, mientras esta disfruta de sus capitales fruto del delito.  Desaprueban que se les regalen escaños en el Parlamento, en representación del pueblo, sin ser elegidos por el pueblo “representado”.  No entienden que la negociación se haga en La Habana, capital de la violencia en América Latina, por 60 años promotora de golpes y guerrillas.

Las recientes votaciones colombianas nos han dejado una serie de mensajes a los venezolanos.  Todos coincidimos en el acierto de las autoridades electorales, al organizar los comicios en tal solo un mes, y haber dado a conocer los resultados, en poco más de una hora, una vez que contaron manualmente las boletas electorales.  Esa eficiencia es una nalgada para las cuatro comadres morrocoyudas.  Pero más allá de eso, nos encontramos con el inmediato reconocimiento de los resultados y el acatamiento a la mayoría.  Santos declaró: “El cese al fuego sigue vigente”, mientras “Ti-NO-chenco” expresó: “Las FARC mantienen su voluntad de paz”.

El NO a la impunidad proclamado por el pueblo colombiano preocupa -no   tengo dudas- a Maduro y al círculo de corrupción del cogollo gobernante.  Que se vean en ese espejo.  Que recuerden que los pueblos están vivos, aun cuando a veces guarden silencio.  Que tengan en cuenta que cuando un pueblo decide cambiar, nada lo detiene.  Hay un día tras otro.

La soberbia hace sordos a los dictadores, que se niegan a escuchar lo que se dice o grita a su alrededor.  Ban ki-moon, en su condición de Secretario General de Naciones Unidas, pidió a Maduro escuchar la protesta de los venezolanos.  El mundo escucha lo que el sordo Nicolás no quiere oír: vete, vete ya, tu tiempo perimió, se acabó.

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