Lucio Herrera Gubaira

Uno pensó de pronto ante la nueva convocatoria ¿Será otra experiencia de catarsis colectiva? Tal vez sea un renovado ejercicio de reproches e imputaciones o una iniciativa para rumiar penas frente a la desolación.  Siempre surge la duda.

En esta Venezuela de hoy nos hemos acostumbrado a escuchar lamentos en todas partes, justificados por la situación que nos envuelve, genuinos la mayoría, interesados algunos, implorantes o acusadores, desafiantes o agónicos, pero lamentos al fin.  Son gritos en la histeria por la carencia o susurros en los labios de una nación que ha sido conducida al sufrimiento colectivo, al padecimiento sin consuelo, al dolor sin analgésico en que se ha convertido nuestra realidad, esa que choca todos los días frente al cristal de la propia perspectiva, esa que punza el alma del creyente y arde en la conciencia de incrédulo que al final solo alcanza a balbucear: No hay salida…
Por eso tal vez dejamos de asistir.  Ya son muchos los escenarios de la tertulia intrascendente en los que participamos a diario, en grupos o redes, en las que la rudeza de la afirmación incuestionable o el acero de la metralla de imputaciones se han vuelto ejercicios incoloros e insípidos, más allá de los hechos, en la defensa de la verdad propia de cada quien.  Es la reivindicación egoísta del pienso y luego existo.  ¿Equivocado yo? ¡Nunca! Diría el bloguero. 
Pero lo sucedido en el Aula Magna de la Universidad Central el pasado martes fue otra cosa.  Fue un acto de conciencia cívica, un llamado de atención, de rebeldía ante la fuga, de negación a la huida del terreno de la inquietud de hacer y de la voluntad de no entregarse.  ¡Venezuela no se rinde! Se escuchó al unísono. 
Y es que ese sentimiento pervive, aquí y más, mucho más allá de nuestras propias fronteras.  No renunciaremos a recuperar nuestro camino.  No nos dejaremos vencer por la adversidad.  No caeremos en la oscuridad de la sumisión.  Mucho menos dejaremos de soñar, porque los sueños son la misma luz al caer la tarde, los que te permiten ver más allá de las propias tinieblas, cuando las sombras asechan y los temores desvelan. 
¡Es hora de cambiar! Inicia el manifiesto asambleario del magno recinto y surge la invitación épica pero sublime a actuar.  Después del reconocimiento del dolor acumulado, del apercibimiento de la ruina material, institucional, moral y humana que va dejando a su paso el fanatismo, redoblan las campanas del llamado al obrero, al profesional, al técnico, al estudiante, al ama de casa, al maestro, al universitario, al industrial, al comerciante, al cuentapropista, al agricultor, al desempleado, en fin, a quienes sobrevivimos a esta barbarie que representa un régimen político y económico abiertamente en contra de la democracia, el progreso y la libertad.
Es el encaramiento de la Venezuela decente al abuso y al oprobio, el alzamiento de los rostros de gente buena, empobrecida pero valiente, golpeada pero digna, que quiere superar odios, fracturas, éxodo, división, desesperanza y tristeza para convocar a una nueva alianza nacional.  Es un emplazamiento inexorable, concluyente, definitivo.  La cuenta regresiva inició. 

Emociona el compromiso con el futuro y el cambio, el propósito de insuflar ánimos para levantar el espíritu y fortalecer el musculo de nuestro gentilicio y así empujar con fuerza para quebrar la resistencia de lo insostenible.  ¡Me anoto en esa! como dicen mis hijos.  Es tiempo de crear nuevos espacios comunes, amplios, incluyentes, que sean puntos de encuentro para las ideas, propósitos y acciones.  Me uno a la exigencia de que se atienda a la mujer y al hombre de esta tierra, a su dignidad humana, a su familia y entorno.  Que se revierta la degradación, el empobrecimiento, el fraude a su voluntad, la aberrante sumisión por la supervivencia. 

Inspira ese llamado a los jóvenes, a los profesionales, a las mujeres, a las universidades, a los partidos políticos, en fin, a los ciudadanos para que nos organicemos más y mejor y hacer frente a la infamia de este tiempo para plasmar nuevas y mejores realidades en el lienzo imaginable y realizable de nuestra propia historia.

Este es un grito a la decencia viva que habita en el país, una invitación a la conciencia plena de nuestra nación, una convocatoria a actuar y trascender, a esforzarnos para construir, a reinventarnos y cambiar para bien.  A llevar un mensaje claro que brote como agua limpia del manantial de la creatividad y el talento de nuestra gente.  Será tarea de todos llevarlo a cada rincón de nuestro territorio y fuera de él.  Con fe, esperanza y convicción.  Con mística, coraje y decisión… 

Brota agua clara, corre limpia, rebosa y baña.  Supera diques, rompe presas.  Corre y riega el campo seco.  La tierra bebe y el rio crece.  Corre el agua, empapa e inunda.  Deja pozo profundo en el campo de nuestras realizaciones.

Lucio Herrera Gubaira – 9-3-2018

https://www.el-carabobeno.com/author/lherrera/

 

Enviado por: Secundino Camacaro secundinocamacaro@yahoo.es

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