Estado forajido

Activistas antigubernamentales encienden un coctel Molotov durante choques con la Guardia Nacional en Caracas, el 28 de julio.  El régimen de Nicolás Maduro sobrevivió a las extensas protestas populares del verano pasado.  Ariana Cubillos AP

Nota del Editor:  Ni protestavenezuela.doc ni las ONGs  que la auspician, ni los partidos democráticos opositores, condonan el uso de armas ni métodos destructivos en las protestas cívicas no violentas en las cuales participan. Se exhorta a nuestros valientes a siempre estar pendientes de infiltrados del oficialismo y de sus “colectivos delicuenciales” aliados, quienes practican métodos violentos para hacer parecer ante la opinión pública que nuestras protestas son violentas.

OPINIÓN SOBRE VENEZUELA

Venezuela: ¿Y ahora qué? – Ariel Hidalgo – 3-11-2017

El hecho de que el gobierno de Maduro se decidiera finalmente a violar abiertamente todas las normas democráticas, convertirse sin pudor alguno en dictador e iniciar el proceso de instauración de un régimen totalitario a semejanza del que existe en Cuba, era algo que se veía venir desde mucho antes.  Él y sus seguidores aún se proclaman “bolivarianos”, pero se cuidan mucho de no mencionar el nombre de quien, según los cubanos y todos los partidos comunistas del mundo, fue el artífice intelectual de ese modelo: Carlos Marx.  La razón es simple: Marx denostó en algunos de sus escritos contra Bolívar llamándole el “canalla más cobarde, brutal y miserable”, y escribió en 1858, con esa óptica, una extensa síntesis biográfica de Bolívar que Charles Dana, editor del New York Daily Tribune, se negó a publicar.

El chavismo tenía originalmente un gran apoyo popular en Venezuela, pero sucedió lo que ocurre con todos los gobiernos populistas: logran amplio apoyo derrochando el tesoro público en obras sociales, pero sin asegurar una economía sustentable.  En el caso venezolano, el alto precio del petróleo permitió por algún tiempo mantener ese respaldo, pero una vez que el precio bajó, quedó la falacia al descubierto y los índices de apoyo electoral comenzaron a descender.  En 1999, para poder convocar la asamblea constituyente de la actual constitución, Chávez tuvo que celebrar un plebiscito y obtuvo alrededor del 90 por ciento de los votos.  ¿Por qué el presidente Maduro, para convocar su asamblea constituyente, no hizo lo mismo como lo ordena la constitución promovida por su líder y predecesor? Porque sabía que esta vez no habría sido aprobada.

Esa pérdida gradual del electorado puede constatarse analizando los resultados de los sucesivos comicios.  En 2006 la victoria de Chávez frente a Manuel Rosales fue de 62 por ciento frente a 37, y seis años después, la diferencia se había reducido notablemente frente a Capriles: 55 por ciento frente a 44.3.  Por otra parte, en las elecciones legislativas de 2010 el oficialismo había ganado la mayoría de los escaños, pero ya no había logrado los dos tercios necesarios para aprobar grandes reformas, y cinco años después la victoria de la oposición fue aplastante: 109 por 55 a pesar de la inhabilitación de seis candidatos opositores.  Llegado a este punto, Maduro sabía que ya en las próximas elecciones, si se realizaban con todas las garantías, iba a perder el poder.  La opción, por tanto, era el golpe de Estado contra la Asamblea Nacional y la Fiscalía y establecer abiertamente la dictadura.

La respuesta de la oposición a través de marchas y manifestaciones multitudinarias adoleció de dos errores.  Debió primero buscar la alianza con las organizaciones del chavismo disidente y demás instituciones de la sociedad civil, y segundo, debió asegurarse de que ninguno de los participantes se enfrentara a las fuerzas represivas, lo cual costó más de un centenar de vidas.  Se sabe, por supuesto, que sin resistencia, de todas maneras los grupos paramilitares no dejarían de agredir y asesinar, pero el número de víctimas se habría minimizado.  Los jóvenes actuaron valientemente, pero siempre hay un por ciento de la población que habría participado si no hubiera creído que el riesgo de perder la vida era alto.

A todo lo anterior se sumó la crisis de la unidad opositora por los desacuerdos entre quienes opinaban que había que participar en las elecciones de gobernadores porque no se podía dejar al oficialismo todo el campo libre, y los que opinaban que no se debía legitimar unas elecciones que de antemano se sabía iban a ser fraudulentas.  Hoy, todos los análisis y debates realizados en los medios sobre la actual situación venezolana concluyen con un gran signo de interrogación: ¿Y ahora qué? Nadie da una respuesta convincente o satisfactoria.  Pero nosotros, los cubanos, que hemos pasado ya por toda esa experiencia, sabemos que la única forma de oposición que ese tipo de régimen nunca ha podido vencer, es la disidencia pacífica, y los venezolanos tienen aún una ventaja: el totalitarismo todavía no ha podido imponerse completamente.  Aún es posible revertir esa situación si un liderato que inspire confianza organiza una oposición pacífica y logra aunar a toda la sociedad civil para enfrentar a los golpistas mediante una movilización multitudinaria pacífica.  Y esto es válido también, a más largo plazo, para los cubanos, porque nadie gobierna sin el consentimiento de los gobernados.

Ariel Hidalgo – 3-11-2017
Escritor e historiador.
Concordiaencuba@outlook.com

http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/opin-col-blogs/opinion-sobre-venezuela/article182201221.html

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