Paula Colmenárez 1

Paula Colmenárez fue detenida el lunes 10 de julio en el distribuidor Altamira. Fotografía de Miguel Gutiérrez para EFE

—¿Dónde estás, Paula?

La joven de 17 años no sabía qué responder. Alejó el rostro de la bocina del celular y repitió la pregunta a quienes estaban con ella. Su padre, Andrés Colmenárez, esperaba al otro lado de la línea.

—Estoy en La Carlota.

***

La dirigencia opositora convocó un “trancazo” para el lunes 10 de julio de 2017. A petición de sus seguidores, se extendería por diez horas a partir del mediodía. Paula protestaba junto a tres amigos en el distribuidor Altamira cuando vio pasar a la Guardia Nacional Bolivariana. Eran cerca de las cinco de la tarde. Los uniformados iban en motos, protegidos por el equipo antimotín. Los manifestantes creyeron que darían la vuelta, echarían un vistazo y se irían del lugar, pero los embistieron segundos después de una falsa retirada.

Todos corrieron. El grupo se separó. Paula quedó rezagada en la huida. Volteó y se dio cuenta de que tenía a la Guardia encima. No podía hacer nada. Un funcionario le metió una zancadilla. Cayó de bruces entre escombros y vidrios rotos. Puso la mano derecha en el asfalto antes de que su rostro chocara contra el suelo, pero no tuvo oportunidad de incorporarse. El militar pisó su espalda con la bota izquierda y la aprisionó contra el pavimento, hasta que otros dos la sujetaron por los brazos y la subieron a una moto. Una bandera de Venezuela cubría la mitad del rostro de Paula. Sólo podían verse sus ojos asustados.

—¡Róbale todo a esa maldita! —dijo el funcionario que conducía. Se dirigía a su compañero, que sujetaba a Paula desde atrás.

—¿Qué cargas en el bolso? ¿Tienes celular? ¿Qué marca es? ¡Sácalo rápido o te lanzo al Guaire! —amenazó el otro.

La joven estaba atrapada entre los dos uniformados. Como pudo, llevó su bolso frente a ella y buscó el teléfono con las manos temblorosas. Le dieron un golpe en la nuca para que no pudiera mirar los rostros de sus captores, ocultos tras las máscaras antigases y los pesados cascos. “¡Te vamos a violar!”, le dijeron. No halló el celular y decidió entregarles el bolso con todas sus pertenencias.


Al menos veinte uniformados rodearon a la joven. Fotografía de Miguel Gutiérrez para EFE

Los guardias trasladaron a Paula a la Base Aérea Generalísimo Francisco de Miranda, conocida como base aérea La Carlota. Ataron sus manos con tirraje plástico y la llevaron a un lugar donde otros tres jóvenes permanecían detenidos. Los miró fijamente. También tenían las manos amarradas y yacían tumbados con la mirada clavada en el suelo. Respiraban con dificultad y dos de ellos estaban heridos. Uno tenía un perdigonazo en la espalda y el otro ocho impactos debajo de las costillas.

Le ordenaron que se colocara boca abajo. Uno de los militares la pateó en el costado derecho.

—¡Arrástrate como un gusano hasta la pared!

Paula comenzó a sentir las manos frías. Perdió sensibilidad en la izquierda, como si se hubiera entumecido, y el dolor se apoderó de la derecha. Le rogó a los guardias que la desataran. Uno de ellos se acercó. Sacó una llave, la usó como sierra y rompió el lazo improvisado. Los otros muchachos también se quejaron, pero a cada lamento los captores respondieron con golpes. “¿Te vas quejar, mariquita?”.

A Paula le dijeron que se había hecho famosa en las redes sociales. Los militares habían visto la fotografía de la agencia EFE que circulaba en Twitter y en los medios digitales, en la que se ve a un funcionario de la GNB pisándola en el suelo.

Le exigieron levantarse del piso y colocarse en cuclillas con la cabeza gacha. Cuando bajó la mirada se percató de que la mano derecha estaba cubierta por un rojo intenso y brillante. Sangraba.

Era una cortada grande. Supuso que un vidrio roto la lastimó cuando cayó al pavimento horas antes. Se sorprendió. Hasta ese momento no sabía que estaba herida. Uno de los uniformados le ofreció alcohol y gasas para que lavara la lesión. A su lado, el joven con los ocho perdigonazos preguntó si también podía usar un poco. “¿Eres mariquita?”, le contestó de mala gana el funcionario. “¡Tú no te vas echar nada!”.

Minutos después, dos mujeres la llevaron a un Centro de Diagnóstico Integral, espacios de asistencia médica de la Misión Barrio Adentro, conocidos por sus siglas CDI.

Le tomaron siete puntos en la mano derecha. El  médico cubano que la atendió le dijo: “Te voy a suturar los puntos con la ‘C’ de Cuba”.

360 kilómetros separaban a Paula de su familia. Sus papás y sus dos hermanas menores viven en Barquisimeto, en el estado Lara. Allí, Andrés Colmenárez, su padre, creó la organización Funpaz en 2013 para la defensa de los derechos humanos. La adolescente se mudó hace un tiempo a Caracas para estudiar primer año de Derecho en la Universidad Central de Venezuela (UCV) y procura compartir su tiempo entre las dos ciudades.

La llamada a su padre fue cerca de las 6:00 de la tarde. Usó el celular de un funcionario de la Aviación, quien le concedió la oportunidad de comunicarse con sus parientes. Andrés pidió hablar con el agente. Este le informó que su hija estaba herida, pero insistió en que la Guardia Nacional Bolivariana era responsable de la detención, no la Aviación. El padre le respondió que lo único que quería era ver a su hija libre.

El activista acudió al padre Raúl Herrera, presbítero de la parroquia universitaria y coordinador del Centro para la Paz y los Derechos Humanos de la UCV. También llamó al abogado Eduardo Torres, miembro del centro, y a Liliana Ortega, directora del Comité de Familiares de las Víctimas. Pasaron seis horas antes de que liberaran a Paula. A las 10:00 de la noche, el padre Herrera y los abogados que le acompañaron a la base aérea de La Carlota la llevaron a casa.

Andrés no pudo verla hasta la mañana siguiente. Recordó las cuatro horas que permaneció detenido el 16 de abril de 2013, cuando seguidores de la oposición salieron a las calles para exigir el conteo voto a voto de los resultados de las elecciones presidenciales que ganó Nicolás Maduro.

Tardó un poco en darse cuenta de la triste coincidencia entre su detención y lo que su hija acababa de vivir. El testimonio de Andrés fue publicado en un libro titulado Bajo la bota militar.


Andrés Colmenárez y Paula Colmenárez el día que le ofrecieron su testimonio a Prodavinci. Fotografía de Andrés Colmenárez

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