Niños con expeiencia

Fotografía de Maura Morandi

  1. El Eterno Retorno de los “niños de la calle”

La ola de protestas de este año trajo, entre otras cosas, una explosión de muestras de cultura juvenil.  Jóvenes de muy distintas edades participaron de muy diversas maneras generando cruces inesperados de creatividad y destrucción, nobleza y horror, euforia y decepción.  La cultura juvenil es la expresión del alma contemporánea de una sociedad.  El teórico del desarrollo Erik Erikson consideraba que la crisis adolescente entrecruza los conflictos del crecer con los de la sociedad en que se crece.  Densa en significación, sin embargo, no es fácil de descifrar.

Uno de los actores curiosos que emergieron y han generado controversia son los niños y las niñas que deambulan, y que en ocasiones viven, en las calles de Caracas.  Los llamados “niños de la calle” son un fenómeno que ha ido y venido a lo largo de décadas.  El Panchito Mandefuá de José Rafael Pocaterra es una representación literaria del fenómeno a comienzos del Siglo XX.  Se olvida a menudo un guion cinematográfico que escribió Rómulo Gallegos, titulado Juan de la calle, estrenado el año 1941 sobre el fenómeno.

Pero los niños y las niñas con experiencia de vida en la calle no comienzan a aparecer de manera recurrente en nuestro imaginario sino a finales de la década de los ochenta.  Como consecuencia de la crisis económica que venía padeciendo el país con la caída de los precios petroleros, comienzan a ocupar los espacios públicos distintas expresiones de mendicidad y supervivencia.  Son producto de grupos que, en franca crisis, pierden la capacidad de proteger y acompañar a los más vulnerables.  Las familias, las comunidades y las instituciones comienzan a perder la fuerza necesaria para sostener dentro de sus espacios a los niños y las niñas; la calle surge como un lugar auspicioso para acceder a los bienes mínimos.  A tal punto que, Leonardo Rodríguez, coordinador de la Red de Casas Don Bosco, propone de manera provocadora que la cantidad de niños deambulando en las calles es un indicador comparable con el PIB para evaluar, no solo la salud económica de un país, sino su impacto en lo social.

De manera análoga los sociólogos Pedrazzini y Sánchez, en su libro Malandros, bandas y niños de la calle de comienzos de los noventa, los consideraron como uno de los ejemplos de la “cultura de la urgencia” que se forja en la precariedad económica de la época.  La imagen de jóvenes vulnerables pidiendo, deambulando y durmiendo en las calles aparece en reportajes periodísticos, investigaciones universitarias, expresiones de cultura popular como la película Huelepega y la canción de tecno-merengue del mismo nombre, así como en los discursos políticos.  En la década de los noventa los “niños de la calle” ocuparon un lugar central en el imaginario venezolano.

Lo cual coincide con mucho de lo que sucedió en otras latitudes.  En 1989 la UNICEF propuso el término “niños de la calle” como un grupo a abordar dentro de la categoría de niños en circunstancias especialmente difíciles.  En Colombia los llamaban “gamines”, en Brasil se habló de los “meninos da rua”, en Perú de “pirañas”.  Al punto que un investigador paraguayo escribió un artículo crítico sobre el manejo que se le estaba dando al fenómeno titulado Los niños de la calle están de moda.[1]

También a finales de los ochenta y comienzos de los noventa comenzaron a surgir las primeras iniciativas para abordar el tema.  Algunos individuos, de manera espontánea, comenzaron a hacer labores benéficas, luego algunas organizaciones civiles comenzaron a hacer un trabajo más organizado.  A finales de los ochenta nació, por ejemplo, la Asociación Muchachos de la Calle, que fue la primera ONG dedicada a estas poblaciones.

En la Universidad Católica Andrés Bello, junto a un equipo de psicólogos, pasamos diez años investigando sobre las vidas y las circunstancias de estos niños y niñas[2].  Presentíamos que muchas de las iniciativas para abordar el tema carecían de una comprensión cabal del fenómeno.

A mitad de los noventa la imagen de los “niños de la calle” fue apropiada por los políticos de distintos signos que utilizaron su “rescate” como bandera al punto de llegar a la oferta de Hugo Chávez de convertir a Miraflores en un hogar para ellos y empeñar toda su vida en el tema.  En medio de ese “boom” de atención, sentimos preocupación de que el uso de su imagen para reportajes, películas y promesas políticas no era sino una nueva versión de explotación a la que estos jóvenes a menudo estaban sometidos.  Las promesas grandilocuentes no reflejaban las peticiones concretas de los niños, sino las fantasías sobre sus vidas que se hacían los adultos.

No solo el chavismo se apropió de la bandera de los niños de la calle, también iniciativas privadas exaltaron su supuesta compasión.  Recordarán quizás unos notorios “Telecorazones” que se realizaron de 2003 al 2008 y que recaudaron la cifra de 29 millones de bolívares para un faraónico proyecto llamado “La Colmena de la Vida” que construyó una gran casa para estos niños en el Hatillo.  La fastuosa iniciativa que se vendió con bombos y platillos manejó enormes cantidades de dinero y propuso intervenciones que ya la literatura especializada consideraba desacertadas.  Al comienzo se nos pidió prestar apoyo desde la universidad y sugerimos acotar la intervención en términos más razonables, siguiendo las recomendaciones de las investigaciones.  No fuimos invitados más.

En 2013 la Colmena fue clausurada por el Consejo de Protección del Niños, Niñas y Adolescentes por abandono y reportes de maltrato a los que habían sometido a los 14 niños que quedaban en el proyecto, además de sospechas de malversación de fondos.  Los benefactores han sido denunciados como estafadores.

Ahora los dilemas y las fantasías sobre los niños que viven en situación de calle han vuelto a aparecer.  El tema reapareció en el imaginario nacional con el caso llamado de “Los Cachorros” en Sabana Grande.  Dos Guardias Nacionales fueron acuchillados a muerte presuntamente por una banda de niños y niñas que no pasaban de los quince años.  Algunos reportajes representaron a los jóvenes como unos pequeños monstruos sedientos de sangre que vitoreaban y celebraron el asesinato.  Sin tener mayores datos, no faltaron psicólogos que ofrecieran el diagnóstico de “psicopatía” para intentar darle un rostro científico a la estigmatización.

Pero luego de verlos como monstruos, mutaron y volvieron a aparecer involucrados en las protestas callejeras contra el gobierno.  Sorprendieron los reportajes y las fotos de niños y jóvenes que afirmaban vivir en la calle que compartieron el llamado a marchar para clamar por un país mejor.  Claro, la calle era ya su espacio, más que “salir a las calles”, ellos se encontraron allí una nueva serie de actores con quienes interactuar en el mismo escenario, transformado de pronto en lugar de batalla.  Se volvió viral un reportaje de los niños que “viven en alcantarillas” en medio de las protestas.

Mutaron entonces de monstruos a héroes y a víctimas en cuestión de semanas.  Y una lucha por el significado de su participación en las marchas comenzó.  El gobierno acusó a la oposición de estar “usando” niños para atacarlos, el SEBIN apareció de madrugada en la Plaza Altamira, para ponerlos a declarar en televisión nacional sobre cómo era que supuestamente fueron comprados para generar caos.  Maduro declaró que los niños estaban siendo usados por la oposición y que le iba a escribir una carta al Papa para que detuviera la situación.  Varios medios afines al gobierno afirmaron que la oposición usaba a los niños como “escudos humanos”.  Un reportaje de Telesur afirmó que los jóvenes cobraban entre 50 y 300 mil bolívares diarios para protestar.  Dos psicólogos, María Antonieta Izaguirre y Fernando Giuliani aparecieron en el reportaje afirmando que la imagen de los jóvenes estaba siendo explotada a pesar de no tener, por sus edades, “una consciencia moral desarrollada”.  Nada mencionaron sobre los derechos que tienen los niños, niñas y adolescentes de participación política según lo consagra la concepción de Derechos inscrita en la ley venezolana.  Nada dijeron de la responsabilidad del Estado de facilitar la expresión de sus derechos políticos, mucho menos de la violencia estructural a la que están sometidos.

A su vez, una buena porción de los ciudadanos opositores no dudaron en exaltarlos como héroes.  En las marchas recibían donaciones de ropa, dinero y comida.  No faltaron quienes los auparon en el enfrentamiento.  Un reportaje un poco más completo de los jóvenes en las protestas, del portal ArmandoInfo, revela un panorama más complejo de las múltiples motivaciones que subyacen.  El reclamo auténtico por las condiciones de sus familias, el acceso a comida y dinero por las donaciones de los adultos asistentes a las marchas y la intensa camaradería entre los que comparten la lucha, son algunas de ellas.

En Plaza Altamira pude observar cómo, con el pasar de los días, algunos de estos niños fueron pasando de pedir dinero diciendo que necesitaban comer, a pedir dinero en nombre de “La Resistencia”.  Su vestimenta pasó paulatinamente de ropa andrajosa a cada vez más nueva.  Se dieron cuenta que el gancho para recibir ayuda ya no era la lástima sino la admiración por la heroicidad.  En algunos casos la mendicidad mutó al cobro de peaje.  Se apoderaron de algunas esquinas y con el lema de estar luchando por la libertad, ya no pedían, sino exigían una “colaboración”.

Leonardo Rodríguez nos comentó, que el programa de patio abierto que mantiene la Red de Casas Don Bosco en Sarría, quedó en esos meses abandonado.  Los niños dejaron de asistir.  Cuando en las calles se los volvía a encontrar, con el Bosco Bus, que hace rondas por la ciudad, le comentaron que no podían desperdiciar la oportunidad que les estaba ofreciendo las marchas.  Nunca habían logrado sacar tanto dinero de la calle.

La investigación mundial ha descrito cómo el público en general oscila en estas representaciones de los niños como víctimas a la de temibles delincuentes.  Ninguna de las dos les hace justicia a los hallazgos.  La visión de victimización a menudo les asigna una posición pasiva, reactiva.  Cuando en la práctica encontramos que son activos negociando su camino a pesar de las enormes adversidades que enfrentan.  En la literatura especializada se ha hablado de “agencia táctica” o “agencia delgada” para describir las estrategias de sobrevivencia, a menudo sorprendentes, que llegan a desarrollar, sin perder de vista que su rango de acción está circunscrito a condiciones terriblemente limitadas.  Pero al verlos sacando ventaja o aprovechándose de la mirada caritativa, a menudo se pasa a la visión de ellos como pequeños monstruos, o “psicópatas” aprovechados, perdiendo así de vista las enormes injusticias que contribuyen a moldear sus estilos de vida.[3]

Sin duda, los niños y niñas que deambulan por la calle en busca de comida o dinero son un síntoma del deterioro grave de las condiciones de vida de la población, son una muestra de nuestro fracaso como país.  Pero las lecturas mitificadas, cargadas de sentimentalismo o drama policíaco revelan más nuestras fantasías que nuestra comprensión.

Volver a encontrarme, casi veinte años después con una nueva ola de atención a los “niños de la calle”[4], llena de los mismos lugares comunes e incomprensión subraya la sensación de estar en un país caminando en círculos, empeñado en el fracaso.  Su presencia augura una nueva ola de escándalo ante las situaciones dramáticas que serán develadas en prensa.  Muy probablemente pasaremos primero por la negación oficial, se acusará luego a la crianza defectuosas de las familias soslayando la responsabilidad del Estado, para llegar finalmente a la apropiación sentimental que los convertirá en bandera de “programas de recuperación”, que se alimentarán más de la lástima que de la justicia y la eficiencia.

Ninos con experiencia 2

Fotografía de Maura Morand 2i

  1. Reacciones y Programas de Atención

Cuando comenzó el boom de los programas de atención de los niños que fueron rebautizados “de la patria”, hubo algo de acercamiento a los investigadores y profesionales que tenían experiencia en el área.  Deanna Albano, psicóloga, que fundó junto a su pareja, Gustavo Misle, la Asociación Muchachos de la Calle, me contó de la invitación que le hizo el gobierno en 1999, para conocer la enorme intervención que supuso transformar el Helicoide en un gran albergue para todos los niños abandonados de la ciudad.  Ese programa desmesurado, que costó más de 4 millardos de bolívares para la época, provenientes sobre todo del BID, chocaba con todos los hallazgos que las investigaciones nacionales e internacionales habían logrado recoger sobre la atención a esta población.

En Venezuela, ya el Doctor José Luis Vethencourt había diseñado cómo podían ser los programas de albergues para niños, niñas y jóvenes en situaciones de abandono o reñidos con la ley.  Eran siempre casas lo suficientemente pequeñas para que los adultos que fungían de custodios/acompañantes pudiesen establecer vínculos afectivos cercanos con ellos.  La idea de que los niños y niñas que deambulaban por las calles se podían “rescatar” simplemente ofreciéndoles techo, comida y las necesidades básicas era una ingenuidad.  Las casas grandes habían fracasado una y otra vez.  La cantidad de problemas, sin la posibilidad de una supervisión cercana, un vínculo afectivo y la identificación de las necesidades individuales de cada joven convertían inevitablemente esos “centros de recuperación” en cárceles.  Los custodiados se agrupaban en bandas que resistían a los adultos y los profesionales, inicialmente dispuestos a atender sus necesidades, iban degenerando hasta convertirse en carceleros.  Además, la concentración de la atención en los niños carece de una visión sistémica que, entre otras, descuida las necesidades de las familias y las comunidades que deben ser apoyadas e integradas a la solución.  Estos fracasos han ocurrido una y otra vez en distintas iniciativas gubernamentales a lo largo de las décadas.

En el recorrido al que invitaron a Deanna, ella notó la fastuosidad con que habían sido diseñados los espacios.  Los operarios razonaban que el lujo serviría para “redignificar” las vidas sometidas a la violencia.  En el paseo, los directivos mostraron orgullosos cómo habían construida una sala de cine.  En cambio, no apareció por ningún lado un salón de clases, ni una biblioteca.

Ni a Deanna, ni a los demás investigadores nos invitaron una segunda vez cuando comenzamos a hacer observaciones críticas a muchas de las premisas simplonas con que los programas fueron concebidos.  La casa del Helicoide duró apenas seis meses antes de cerrar de manera intempestiva.

Episodios como el que relata Deanna se repitieron.  Pudo más la mirada caritativa, la simpleza de pensar que la mera buena voluntad y montañas de recursos podían bastar para revertir las graves situaciones sociales que el país padecía.  Se despreció el conocimiento acumulado y las recomendaciones menos espectaculares de las organizaciones que tenían ya experiencia.

El gobierno comenzó a dar tumbos con el tema de los “niños de la patria”.  Del fracaso rotundo del Helicoide se pasó a la Casa Vacacional Los Caracas que ni siquiera llegó a abrir.  Al punto que el tema de estos niños comenzó a desaparecer del discurso oficial.  Para el 2004, el Presidente de la Fundación del Niño evitaba dar entrevistas sobre el tema[5].

Paulatinamente el tema fue absorbido por las Misiones, inicialmente, la Misión Negra Hipólita, que buscó atender a personas en situación de calle de todas las edades.  La Misión es sumamente amplia en sus objetivos y variada en sus aplicaciones.  A lo largo de los años pude supervisar a varios psicólogos que trabajaron en distintos centros de la Misión obteniendo una mirada limitada sin duda, pero de primera mano.  A su vez la investigadora Karen Cronick hizo una evaluación más sistemática encontrando fallas por esa misma amplitud y por estar continuamente atravesada por objetivos políticos ajenos al trabajo directo con personas en riesgo.  Ella reportó “poca coherencia entre los planteamientos formales en la calle y la actuación”.  Lo que en un comienzo estuvo muy marcado por una filosofía que intentó incorporar principios socialistas para guiar las intervenciones, pronto giró hacia una atención con una visión más médica en la medida en que los programas demostraron ser etéreos y los centros comenzaron a incorporar a los profesionales que habían trabajado en programas anteriores, como los de la Fundación José Félix Ribas que atendía a farmacodependientes.

Un blog sobre las misiones afirma que para el año 2009 se contabilizaban alrededor de 900 niños en situación de calle en el país.  Es decir, que en la cresta de la bonanza petrolera, se reportó un número significativo de niños en situaciones extremas de vulnerabilidad La información actual pero igualmente parcial que manejo, dice que los centros de Negra Hipólita están seriamente diezmados por la crisis económica.  En uno en particular, el director, de inclinación evangélica, impone la oración religiosa como intervención principal.

La Misión Niños y Niñas del Barrio tomó la batuta en el 2008 y se enlazó con el IDENNA (Instituto Autónomo Nacional de los Derechos de los Niños, Niñas y Adolescentes).  Si bien varios especialistas opinan que el IDENNA en los momentos actuales es una caja negra, muy difícil de evaluar, basta con seguir su Twitter @Idennaoficial, para constatar cómo su agenda está copada por los mensajes a favor del gobierno, no tanto a favor de la infancia.

Las intervenciones espontáneas con personas en situación de calle han comenzado a reaparecer.  En un centro de la Alcaldía de Chacao observamos recientemente a un grupo ciudadano haciendo una actividad caritativa.  Ofrecen sesiones de meditación a personas que viven en la calle.  Primero dan una pequeña charla “motivacional”.  Vimos con un poco de espanto las “recomendaciones” que personas bien intencionadas, pero con vidas mucho más privilegiadas les daba a las personas que viven en calle para “motivarlos”.  Después explicaron los beneficios de la meditación inspirada en una práctica espiritual de la India.  Durante la sesión dos de los indigentes mayores se pusieron a llorar.  Era evidente que los que llevaban la actividad no saben de las contraindicaciones de la meditación en personas con historias traumáticas.

Leonardo Rodríguez comenta que para el 2008 existían otras iniciativas, como un programa de la Alcaldía Metropolitana, la Colmena, y otros que han ido desapareciendo.  Además, había personas formadas para el trabajo, llamadas “educadores de calle”, que se han perdido.

La investigación mundial ha ido haciendo un registro de fracasos y éxitos que permiten pensar en una política pública coherente en el área.  Se ha hecho una revisión de los conceptos estáticos y estigmatizantes como niños de la calle, para pensar en términos dinámicos como las variadas “conexiones con la calle” en contraste con las “conexiones con la casa y las comunidades” que tienen los jóvenes que comienzan a gravitar hacia la calle.  Se sabe que se debe trabajar en red y de manera sistémica, de forma tal que el abordaje no se limite al joven, sino que se acompañe a las familias multiproblemáticas y las comunidades.

En esta línea, nos señala Leonardo Rodríguez que una intervención potente y sencilla para mantener a los niños fuera de las calles, por ejemplo, son los comedores escolares, que lamentablemente se han ido cerrando.  Intervenciones como esa, promueven una “conexión con la escuela” que puede competir con la conexión con la calle.  Asimismo, las intervenciones recomendadas apuntan a medidas de apoyo familiar, que ofrezcan beneficios de salud, escolares y materiales para comunidades en riesgo.  Finalmente, es clave que la red de atención se desarrolle sobre las fortalezas de los propios actores.  Identificar las organizaciones que han demostrado tener capacidad para trabajar con los niños, potenciar y entrelazarlas.  Por el otro, se debe buscar que los niños, niñas y adolescentes sean escuchados, que se aprovechen sus habilidades y se busque potenciar sus intereses.  La vocería propia de los principales interesados ha demostrado ser una estrategia efectiva que permite trascender las miradas lastimeras o carcelarias[6].  Finalmente, se debe dar prioridad al sistema educativo, hacen falta más escuelas y más recursos en las que ya hay para fortalecer la conexión de los niños con ellas.

Es de suma importancia registrar y desentrañar las percepciones que la sociedad tiene de los niños en condiciones de precariedad, los discursos que pautan las lógicas que luego nutren las intervenciones.  Carlos Trapani, de CECODAP, advierte que se está repitiendo “una mirada de caridad, no un enfoque de derechos.” Eso se vio reflejado en el tratamiento que hizo el gobierno con respecto a las protestas, dice: “nosotros reivindicamos el derecho a la protesta.  ¿Cuál es la responsabilidad de un Estado serio? Individualizar los casos, hacer investigaciones y sancionar a quien haya que sancionar, no pedirle auxilio al Papa.

Eduardo Burger, quien tiene años haciendo teatro comunitario y quien por años trabajó con niños en la calle, comenta que durante uno de los flashmob de las protestas organizado por el Laboratorio Ciudadano de No-Violencia Activa, unos niños que parecían pasar todos los días en la Plaza de Los Palos Grandes, se acercaron fascinados por lo que vieron.  Algo de estos adultos que ahora pasaban largas horas en las calles como ellos, que escenificaban la vida y la muerte a través del canto les entusiasmó.  En una parte de la representación los presentes se dejaban caer como muertos.  Uno de los niños gritó entusiasmado: “yo sé hacer eso, yo sé cómo caer como muerto”.  Por instantes hubo un feliz encuentro de solidaridad por los horrores compartidos: los adultos reprimidos por el Estado (muchos de ellos estudiantes o adultos de las clases profesionales) y estos jóvenes excluidos.  Eduardo lo explica desde la metáfora teatral: “las protestas les ofrecieron a estos niños un escenario.  Todo el país se volcó a las calles y por supuesto, nos encontramos con estos niños que habitan en ellas, pero no como antes, como si fueran parte del paisaje, sino como compañeros.  Las protestas les permitieron a los niños escenificar una épica”, en contraste quizás, con el papel melodramático más típico de la mendicidad.  Las protestas, en ese sentido, les permitieron construir una versión protagónica más digna.  Sin embargo, en una conversación posterior con uno de sus colaboradores, un joven de la calle le expresó la preocupación de que “una vez que termine esto, ¿qué va a pasar con nosotros?”

Los dilemas que provocan las vidas de estos jóvenes han sido, desde hace años, desconcertantes, muchas veces asombrosos.  De alguna manera su capacidad de reinventarse, de adaptarse a las condiciones buscando resquicios para sobrevivir a lo extremo de muchas de sus vivencias, desafía continuamente nuestros parámetros de lo que entendemos por infancia, justicia, educación y acción social.

Los niños y las niñas que sobreviven en las calles no son receptores pasivos de las acciones de los adultos.  Al contrario, son activos negociando con las circunstancias, son intérpretes autónomos, a pesar de ser, sin lugar a duda, también víctimas de situaciones de injusticia extrema.

Eduardo Burger recuerda que no debemos perder de vista que estos niños fungen de espejo.  Lo que nos mueven personalmente, a menudo, son reflejo, no de sus vidas y sus necesidades, sino de las nuestras.  Los dilemas y emociones que nos suscitan tienen que ver con nuestros temores y deseos, no necesariamente los de ellos.  En el dolor y la vulnerabilidad que vemos, puede que haya una buena cuota de la fragilidad que todos padecemos.  Al tratar de “salvarlos” de sus circunstancias podríamos estar inconscientemente intentando acallar nuestra propia desesperanza y nuestro propio miedo.

  1. Respuestas Comunitarias

Una desilusión organizada vale más
que mil esperanzas regadas por ahí

Eleazar León

Amadeo se consiguió con Edwin, un joven de 14 años, durmiendo en las escaleras de la entrada de su edificio en Chacao.  Tenía un yeso en la mano derecha y la ropa andrajosa de varios días en la calle.  Se lo comenzó a conseguir todos los días pidiendo dinero.  Lo saludó varias veces hasta que un día le preguntó qué le había pasado en el brazo.  Le contó que se cayó saltando de una platabanda a otra.  Escapaba de su mamá.  Paulatinamente fue compartiendo que fue criado por su tía, quien enfermó y no lo pudo tener más; tuvo que regresar con la mamá que nunca lo quiso.  Es pobre y es alcohólica y lo maltrata cuando bebe.  Edwin le pidió dinero a Amadeo, quien había trabajado con niños en situaciones similares veinte años atrás.  Le contestó: “yo no tengo dinero que darte, pero sí te puedo ayudar a que vayas mejorando tus condiciones”.  Le dijo que el primer secreto era bañarse.  Que las personas a las que se acercaba probablemente lo miraban con cierto recelo por andar tan andrajoso.  Que el primer paso era buscar un lugar donde asearse.

En paralelo observé los grupos crecientes de niños, niñas y jóvenes que comenzaron a reunirse todos los días al lado del Obelisco en la Plaza Altamira para participar de una manera u otra en las protestas.  En ocasiones los vi vistiéndose con el uniforme de la lucha callejera, con escudos y trapos para taparse las caras.  En otros momentos los vi más bien relajados alrededor de algún banco, conversando o dejando pasar el tiempo.  En ocasiones los vi ponerse en fila para recibir comida o ropa.  Pronto comenzaron a tomar la Avenida San Juan Bosco para “martillar” a todos los autos que pasaban.  Algunos transeúntes aplaudían y los animaban a continuar.  Los jóvenes se multiplicaron.  En los grupos de atención que atendemos en el Parque Social de la UCAB, del otro lado de la ciudad, los jóvenes reportaron que sabían que en Altamira se podía ir a protestar y conseguir dinero.

Comenzaron a dormir en la plaza, sobre el techo de las entradas de algunos edificios.  Comenzaron las quejas.  Ya no era posible salir sin ser acosados por ellos.  En ocasiones, si no se les daba dinero, podían subir el tono hasta volverse desafiantes.  Una mañana amanecimos con una pelea a cuchillos entre dos de los jóvenes, un pleito por las miradas de una de las niñas del grupo.

Edwin no pertenece a ninguno de los grupos que se juntan en las plazas.  Se queda por las calles de Chacao donde se siente más seguro.  Como las calles se llenaron de protestas, él fue uno más en las marchas.  Siguió el consejo de Amadeo y se comenzó a bañar en un chorro que quedaba en un estacionamiento privado.  Le contó que lo que más le gusta es entrar a un cyber para jugar en una de las computadoras.  Amadeo accedió a pagarle unas horas de cyber a cambio de que lo ayudara a sacar la basura del edificio.  La tarea no era fácil con el yeso que cargaba.  A Amadeo le preocupó que ya tenía demasiados días con el brazo enyesado.  En la siguiente marcha le invitó a que se acercaran a los jóvenes de la Cruz Verde que proveían apoyo médico a los marchantes.  Le revisaron el brazo y le ayudaron a quitarse el yeso.

Los vecinos del edificio comenzaron a ver al joven un poco más limpio y les sorprendió verlo colaborar con la limpieza del espacio.  Empezaron a preguntarle sobre su vida, a sentir simpatía y a bajarle comida.  Una de las vecinas es fisioterapeuta.  Amadeo le propuso pagarle por sesiones de rehabilitación para el brazo de Edwin, ella aceptó colaborar, sin cobrarles nada.

En cambio, la situación en Altamira se puso cada vez más tensa.  Una tarde, un camión fue detenido por los jóvenes para pedirle dinero.  Mientras frenaba, otro joven le robó algo por detrás.  Un mototaxista lo vio y lo intentó detener.  El joven apuñaló al mototaxista, los transeúntes intervinieron.  Por suerte, llegó la policía a tiempo para evitar males mayores.  Pero los vecinos reportan estar hartos de los niños, “qué resistencia ni que nada, eso lo que son es malandros!”, se escuchó.  Los vecinos de un edificio cercano decidieron erigir unas rejas para alejar a los jóvenes unos metros de su entrada.  No importa que el edificio sea Premio Nacional de Arquitectura, las rejas parecen ser la solución comunitaria más frecuente para todos nuestros males.

Bajé con Amadeo por su calle y nos encontramos con Edwin quien nos saludó con una sonrisa tímida.  Nos dijo que estaba bien, lo único que le hacía falta eran un par de zapatos.  Dijo que había buscado, pero no los había encontrado.  La situación de Edwin no se ha resuelto, no está estudiando y sigue en la calle.  Pero los vecinos y Edwin han construido un vínculo, han encontrado la manera de convivir.  Amadeo me dice que lo siguiente es comenzar a explorar con él los intereses vocacionales para tratar de conectarlo con algún tipo de formación.  Le recomiendo que lo acerquen a la Casa Hogar Don Bosco.

Las diferencias entre el edificio de Amadeo y el de Altamira son sutiles, pero significativas.  Los mendigos y los niños que pueblan las calles tratando de sobrevivir no van a desaparecer pronto.  No mientras sigamos en esta descomunal crisis económica y social.  No mientras sigamos en un país guiado por promesas de salvación en vez de conocimiento, programas que prometen amor en vez de hechos.

Hay que seguirle demandando al Estado que cumpla con sus deberes.  Hay que seguir haciendo el registro de este horror.  Pero ante el miedo y la desesperanza que quiere sembrar el gobierno, la solidaridad es una herramienta clave para la resistencia.  La solidaridad no entendida como caridad.  Necesitamos comenzar a organizarnos.  La gente de Dale Letra compartió un verso de Eleazar León que me ha parecido de lo más lúcido en los tiempos que corren: “Una desilusión organizada, vale más que mil esperanzas regadas por ahí”.

Hemos padecido ya demasiados años de esperanzas inmediatistas y soluciones mágicas.  Necesitamos aprovechar tanta energía que despilfarramos comenzando todo siempre de nuevo.  Podemos aprovechar el impulso del que desea ayudar a los que están en situaciones extremas, colaborando con las organizaciones con experiencia que sistematizan la ayuda.

En el área de los niños y jóvenes está la Red de Casas Don Bosco, Aldeas Infantiles SOS, Fundana, la Casa Virgen de los Dolores, por mencionar algunos.  Mejor aún podemos organizarnos como vecinos para canalizar esa ayuda de manera masiva y dar respuestas más organizadas en nuestros propios vecindarios.  Se pueden organizar comedores solidarios en las iglesias, allí se puede sistematizar la información de las personas que habitan esas calles.  Todavía mejor, podemos procurar establecer un vínculo con estos niños en nuestros espacios para intentar comprender sus necesidades específicas e intentar conectarlos con las organizaciones que pueden ayudar a resolverlas.

Está visto que no saldremos de la tragedia en que nos convirtió el gobierno de manera fácil, ni rápida.  Las soluciones rápidas prometen acciones simplistas, héroes individuales y campañas épicas.  La niñez vulnerable requiere acciones sencillas, no simplistas.  Pero eso sí, constantes, organizadas, sistemáticas.  Requiere no del heroísmo, ni las promesas grandiosas de los programas faraónicos, sino la humildad de las pequeñas cosas que se construyen escalón por escalón; no las promesas de amor del que nos quiere sin condiciones, sino los pequeños gestos de amabilidad del maestro que ofrece apoyo a cambio de esfuerzo.  La confianza en el otro no se teje de la noche a la mañana, es sutil y necesita constancia en el tiempo.  No necesitamos promesas de querernos con locura, sino el intento riguroso, siempre frágil, siempre exigente, siempre polémico, de construir la posibilidad de vivir juntos.

***

¿Hay jóvenes en tu calle y quieres ayudar?

  1. Organízate con tu vecino, averigua quién cerca de ti ya está haciendo algo. Junten esfuerzos.
  2. Acércate a algunas de las organizaciones que trabajan con el tema.
  3. Procura establecer un vínculo con las personas en mendicidad en tu zona. Con el paso del tiempo intenta establecer algún tipo de conversación.  Los vínculos requieren paciencia, constancia e interés genuino en el otro.
  4. Procura conocer algo de la situación y las necesidades reales de la persona. Conversa y conoce algo de la situación real en que se encuentran.
  5. Si vas a regalar comida, bienes o dinero, piensa en las siguientes opciones:
    1. Juntar varias donaciones y colaborar con una organización que atiende al tema.
    2. Dar la comida a cambio de algún gesto razonable, como mantener limpia esa calle. Procurando construir relaciones de reciprocidad.
  6. Intenta servir de puente para que la persona pueda enlazarse con las organizaciones legales, médicas, sociales que pueden atender sus necesidades particulares.
  7. No los lleves a tu casa. No adoptes el lugar de salvador.

***

[1] Glauser, B.  (1999).  Definitivamente los niños de la calle están de moda.  Revista Venezolana de Psicología Clínica Comunitaria.  1, 19-27.

[2] Llorens, M.; Hernández, N.; Jaramillo, U.; Romero, M.  y Souto, J.  (2005).  Niños con Experiencia de Vida en la Calle: una aproximación psicológica.  Buenos Aires: Paidós.

[3] Thomas de Benítez, S.  (2011).  State of the World’s Street Children: research.  London: Consortium por Street Chalaren.

[4] Recientemente se viene hablando de “familias en la calle”.

[5] Garnica, H.  (agosto 8, 2004).  Hay que parar la fábrica de niños de la calle.  El Nacional, B-20.

[6]Thomas de Benítez, S.  (2011).  State of the World’s Street Children: research.  London: Consortium for Street Children.

– Manuel Llorens – 22-9-2017

http://prodavinci.com/blogs/ninos-con-experiencia-de-calle-y-la-politica-en-venezuela-por-manuel-llorens/

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