Es útil y extraordinariamente entretenido estudiar la historia de la República de Venezuela.  Pero recomiendo hacerlo con sumo cuidado.  Es nada edificante.

Antonio Sánchez García @sangarccs

A Corina Yoris

“Se sabe que durante ese lapso de tiempo hubo debilidades y torpezas lamentables de parte del jefe de Gobierno, que hubo ineptitudes, cobardías y traiciones sin cuento por parte de muchos de los empleados militares y civiles a su servicio, y que una fortuna extraordinaria acompañó a Castro.”

Antonio Paredes, Cómo llegó Cipriano Castro al poder, 1906. 

Releo la historia de la República y me abisma constatar la reiteración de sórdidos capítulos que parecen obedecer a una maldición satánica.  Quien quiera acercarse a su comprensión puede recurrir a ese compendio de canalladas, tartufadas, traiciones y aberrantes despropósitos ocurridos a lo largo de todo el Siglo XIX narrados con singular maestría por Ramón Díaz Sánchez en su obra Antonio Guzmán Blanco, Elipse de una Ambición de Poder.  Recién llegado le pedí a un muy querido amigo, casado por entonces con una afamada historiadora, me recomendara algunos libros claves para la comprensión del país por el que había caído como embrujado y no titubeó en recomendármelo.  Lo he releído dos o tres veces, a pesar y en contra de la opinión de algún historiador de postín que lo menosprecia.  Lectura acompañada de las siempre estremecedoras Memorias de un venezolano de la decadencia, de José Rafael Pocaterra.  Pues el Cabito condensa y prefigura la siniestra payasería de Chávez.  Aunque no era un cobarde vendepatria.  De esos polvos, estos lodos. 

Ni Chávez ni las ominosas circunstancias de su asalto al poder – el golpe de estado, el perdón presidencial, su liberación, la fascinación desbordante que despertara entre las masas y sus élites, la emergencia de una nueva burguesía de ocasión, rapaz y salvaje, la obscena sumisión de los medios, el nacimiento intempestivo de bancos buitres y las pugnas de pandillas con sus consecuentes asesinatos, talanqueras y asaltos al tesoro público –, ninguna de esas barbaridades, repito, son inéditas.  Todas, prácticamente sin excepción, están prefiguradas en la Venezuela portátil nacida intempestivamente del 19 de abril de 1810.  Incluida, naturalmente, la perfidia de las sedicentes “oposiciones” y su disposición a dejarse embaucar, cooptar, comprar o corromper por los poderosos de turno.  Notabilísimas y muy raras excepciones que ya nadie recuerda u honra: Antonio Paredes, Rómulo Betancourt, Carnevali, Ruiz Pineda y todas las víctimas de la dictadura anterior, representantes de un partido que dejó de existir en manos de sus capataces.  Y todos a quienes se les pudrieron los huesos en La Rotunda.  Ahora mismo: los doscientos mártires, encabezados por Oscar Pérez, masacrado junto a los suyos ante la indiferencia de un país catatónico, y quienes dejaron de ver la luz enterrados en la tumba ante la indiferencia de quienes “como sólo tienen el voto como arma de defensa, votarán por Falcón”.  ¡Tartufos!

Y no desde que Adriano González León diera con esa maravillosa ocurrencia, sino desde la imperdonable traición de Bolívar a Miranda, las veleidades oportunistas del Marqués de Casa León, los vaivenes de los patriotas y el llaneraje salvaje devenido en asaltantes realistas o mercenarios independentistas, un día con Boves, otro con Monteverde, al siguiente con Páez, el de más allá con Bolívar y Sucre.  Dependiendo de cuán sustanciosas fueran las recompensas y qué indicara la rosa de los vientos.  De la misma calaña son los avatares de La Cosiata y el machetazo de Páez a Bolívar.  Nihil novum sub soles.  Todos y cada uno de esos capítulos que se han reiterado en una historia que se ha negado desde entonces a cerrarlos, decantarlos, metabolizarlos para dejar de mirar al pasado y terminar por volver la página hacia un incierto futuro.  ¿Qué ejemplo más siniestro y devastador de la maldición que cargamos – la he llamado la maldición de Bolívar – que el chavismo y la resurrección de su fantasma en el más terrorífico regreso al corazón de nuestras tinieblas? ¿Imaginable una revolución napoleónica en Francia, bismarckiana en Alemania, carlista en España, santanderista en Colombia u o’higginista en Chile? Mírese a cualquier país civilizado: en todos ellos los muertos ya enterraron a sus muertos.  Sólo en Venezuela sus fantasmas salen de sus tumbas para hacernos la existencia imposible a los vivos.

Esta alevosa traición de Falcón a la MUD, como su anterior traición o simulacro de tal hacia Chávez, sigue con estricta fidelidad todas las traiciones que en Venezuela han sido.  La de Arias Cárdenas a Chávez para sumarse al partido de Teodoro Petkoff, la del mismo Arias Cárdenas a Teodoro Petkoff para devolverse luego a los brazos de Chávez, la del mismo Petkoff y todos quienes traicionaron la democracia de Rómulo para correr como ratas detrás de la revolución de Fidel Castro.  Suma y sigue.  (Dejo entre paréntesis las traiciones de quienes se le voltearon a Marcos Pérez Jiménez) La de Gómez al Cabito, su compadre, cuando le arrebata el poder in absentia.  Como la que le hace su estado mayor al presidente Ignacio Andrade, cuando éste los envía a La Victoria a negociar con Cipriano Castro su entrega y en donde todos, sin excepción, con sus ejércitos de 3.000 hombres, se suman a la llamada Revolución libertadora, que comenzara su aventura delirante pocos meses antes con sesenta campesinos.  Fueron a meterlo preso y terminaron trayéndolo en hombros a Caracas.  El golpe de Chávez, las FAN, sus traiciones y la ultra reacción mercantilista contra Carlos Andrés Pérez continuó una saga iniciada con el golpe del militarismo paecista a José María Vargas, y exactamente como aquellos golpistas no serían tocados ni con el pétalo de una rosa por el gobernante José Antonio Páez, tampoco lo serían quienes, gracias a la aclamación del golpismo de la Cuarta y la cayapa de sus capitostes hoy saquean el Banco Central y aherrojan a la juventud en la Tumba, exactamente como Gómez lo hiciera con los jóvenes del 28 en el Cuartel San Carlos.  Tampoco el asalto de los colectivos a la Asamblea Nacional tuvo mucho de inédito.  Su versión original tuvo lugar en enero de 1848 con saldo de muertos y heridos.  Culpables de la trifulca, los héroes Páez y Monagas.  Esta carrerilla de las izquierdas opositoras, bolcheviques o socialdemocráticas, y las viejas y desnortadas élites políticas del Puntofijismo adecocopeyano ya riza el rizo del absurdo.  Ver a Eduardo Fernández abrazado con Carlos Raúl Hernández y Claudio Fermín es como para coger palco.  Me hace recordar a quienes esperaban ansiosos frente a la Quinta de Misia Jacinta por la decisión del de La Mulera para terminar de lanzar su basural de injurias y traiciones contra Cipriano Castro.

Mejor no hablemos de los fraudes electorales.  Sir Robert Ker Porter, el cónsul británico llegado a Venezuela en 1825, da cuenta en sus memorias de que en ningún país por él conocido eran tan fraudulentos y se robaban tanto y de manera tan abierta y descarada los procesos electorales como en Venezuela.  Ni era permitida tan ladrona voracidad funcionaria.  El mismo Porter cuenta que el sisar era práctica corriente de todas sus servidumbres y el robo en gran escala, aspiración lógica y natural de los poderosos.  Mariño se robaría la mitad del préstamo que Páez tramitaba para una compra de armas a los americanos.  ¿De dónde sacó el mismo Páez su hacienda San Pablo con sus doce mil reses y sus kilómetros cuadrados sino del asalto y robo a mano armada a sus legítimos propietarios, mantuanos expropiados con violencia y muerte por la vorágine revolucionaria de la Guerra a Muerte?  Con una diferencia abismal: Páez y el llaneraje que ascendería desde el hambre a las alturas de la pardocracia se ganó sus bienes combatiendo.  ¿Cuándo y dónde combatieron los boliburgueses, ya poco importa si Diosdado Cabello o Rafael Ramírez, Tarek El Aissami o el tuerto Andrade?

Es útil y extraordinariamente entretenido estudiar la historia de la República de Venezuela.  Pero recomiendo hacerlo con sumo cuidado.  Es nada edificante.

– Antonio Sánchez García -8-5-2018

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